Susana González, profesora de Primaria, huérfana y viuda a causa del cáncer: "He dejado atrás el miedo a la muerte"

 

Susana González, profesora de Primaria, huérfana y viuda a causa del cáncer: "He dejado atrás el miedo a la muerte"



Profesora de Primaria, autora del cuento ‘Cuando cierro los ojos’, ha aprendido a convivir con la ausencia sin dejar que el dolor ocupe todo el espacio

L.O.

Pedro J. Navarro

Pedro J. Navarro

A Susana González Martín (Madrigal de las Altas Torres, Ávila, 48 años) la vida le dio una familia, un hogar y una historia de amor en Murcia cuando aún se consideraba «una chica de fuera». También le enseñó muy pronto que nada permanece para siempre. Huérfana de padre, viuda a causa del cáncer y madre de dos hijos, Dani (13 años) y Leo (7), esta profesora de Primaria, autora del cuento Cuando cierro los ojos -cuyos beneficios destina a la Asociación contra el Cáncer de Murcia, como agradecimiento por lo hecho con ellos- ha aprendido a convivir con la ausencia sin dejar que el dolor ocupe todo el espacio. Durante años acompañó la enfermedad de su marido, Jesús, hasta su muerte hace cuatro años. Después tuvo que reaprender la vida desde el silencio, la maternidad y la incertidumbre. Hoy habla desde un lugar distinto: no el de quien ha olvidado, sino el de quien ha conseguido seguir adelante sin renunciar a la memoria.

Si esta mañana alguien le encontrara tomando café o en el colegio, ¿qué le diría si le preguntase quién es hoy Susana González?

Hoy todavía me estoy encontrando. Durante mucho tiempo me definí como madre y maestra, que es lo que sigo siendo, pero ahora también estoy descubriendo otras facetas que quedaron aparcadas durante años. Soy una mujer que llegó a Murcia pensando que estaba de paso y que terminó construyendo aquí toda su vida. Tengo dos hijos, una profesión que me apasiona y muchas ganas de seguir aprendiendo quién soy después de todo lo que ha ocurrido.

¿Cómo es su día a día?

Muy parecido al de muchas madres: carrera constante. Madrugones, colegio, actividades extraescolares, médicos, cumpleaños, tareas pendientes... La diferencia es que muchas veces todo eso lo gestiono sola. A veces siento que apenas queda tiempo para mí, pero también hemos aprendido a disfrutar muchísimo de los pequeños momentos. Mis hijos y yo somos muy disfrutones; buscamos cualquier excusa para reírnos, salir o compartir tiempo juntos.

¿Ha conseguido dejar atrás lo vivido o forma parte ya de usted?

Forma parte de mí. Ya no es una herida abierta, pero tampoco algo que desaparezca. Siempre recuerdo una respuesta que dio mi hijo cuando le preguntaron si había superado la muerte de su padre. Contestó: «No la he superado; la he aceptado». Creo que esa es exactamente la palabra. La ausencia está integrada en nuestra vida y caminamos con ella.

¿Qué cosas le hacen feliz ahora y que antes pasaban desapercibidas?

Las cosas sencillas. Compartir un desayuno con amigos, caminar por los caminos de mi pueblo, pasar una tarde tranquila con mis hijos o sentarme a hablar con alguien a quien quiero. Después de ciertas experiencias aprendes a valorar mucho más esos momentos cotidianos que antes quizá pasaban desapercibidos.

¿En qué momento se encuentra como mujer?

En uno de más serenidad. Soy una persona nerviosa por naturaleza y siempre lo seré, pero ahora me siento más tranquila por dentro. Durante mucho tiempo sobreviví; ahora empiezo a vivir. He empezado a perder algunos miedos y a recuperar espacios para mí, algo tan sencillo como pensar en hacer deporte, leer o dedicar tiempo a cosas que me gustan.


¿Cómo recuerda la vida junto a Jesús antes de la enfermedad?


La recuerdo como una época muy feliz. Yo había llegado a Murcia prácticamente sin nada y aquí empezó todo: el trabajo, los amigos, el amor, la casa, los hijos. Todo fue encajando. Con Jesús compartí la construcción de una vida entera. Cuando miro atrás no siento que nos quedaran demasiadas cosas pendientes. Claro que queríamos hacer más planes, viajar más y cumplir más sueños, pero lo que vivimos lo hicimos con intensidad y con mucho amor.

Para quien no lo conoció, ¿quién era Jesús?


Era una persona profundamente buena. Muy introvertido, muy familiar y muy respetuoso con los demás. Nunca le gustaron los conflictos ni hablar mal de nadie. Disfrutaba muchísimo con su familia, con sus amigos y con las pequeñas cosas. Era de esas personas que ocupan poco espacio cuando están y muchísimo cuando faltan.


¿Recuerda el momento en que recibieron el diagnóstico?

Perfectamente. Era domingo. Él llegó a casa después de una colonoscopia y me dijo que habían visto algo que no les gustaba. Al día siguiente lo llamaron para decirle que tenían que operarlo cuanto antes. Todo ocurrió muy deprisa. Al principio pensamos que se curaría. Nunca imaginamos que aquello acabaría convirtiéndose en una enfermedad tan larga y tan dura.


¿Qué fue lo más difícil de aquellos primeros meses?


La incertidumbre. No saber qué iba a pasar ni cuánto tiempo teníamos por delante. Además coincidió con la pandemia, algo que complicó todavía más las cosas. Los hospitales estaban cerrados, los familiares lejos y la sensación de aislamiento era enorme. Aprendimos a vivir día a día porque no había otra manera de hacerlo.

Se habla mucho de la enfermedad, pero poco de quien acompaña al enfermo.


Es verdad. Acompañar es muy duro. Hay silencios, enfados, cansancio y mucho miedo. El enfermo atraviesa muchas fases y quien está al lado también. A veces nadie te explica cómo hacerlo. Por eso creo tanto en la ayuda psicológica y en las asociaciones que acompañan a las familias. Nosotros tuvimos la suerte de sentirnos guiados en momentos muy difíciles por la gente de la Asociación contra el Cáncer, las profesionales de paliativos…


¿Hubo algún instante en que comprendió que Jesús estaba preparándose para marcharse?

Sí. Cuando empezó a enseñarme cosas que antes hacía él. Quería explicarme cómo funcionaba la casa, dejar apuntados teléfonos o detalles prácticos para que yo pudiera desenvolverme sola. Yo me enfadaba porque sentía que aquello significaba aceptar lo que iba a pasar, y no estaba preparada. Ahora entiendo que era una forma de seguir cuidándonos.


¿Cómo vivieron sus hijos todo ese proceso?


Con una madurez enorme. Cada uno a su manera. Hemos hablado mucho, siempre adaptando las explicaciones a su edad. Seguimos hablando de su padre con total naturalidad. Forma parte de nuestras conversaciones, de nuestros recuerdos y de nuestra vida. Nunca hemos querido esconderlo.

¿Sus hijos también la ayudaron?


Muchísimo. Cuando murió su padre yo me derrumbé. Fueron ellos quienes, sin saberlo, me obligaron a seguir adelante. Después una psicóloga me hizo ver que ya me habían sostenido bastante tiempo y que debía volver a ocupar mi lugar de madre. Aquello fue un punto de inflexión para mí.


¿Qué ha aprendido sobre el duelo?

Que no tiene plazos. Vivimos en una sociedad que parece exigir que todo pase rápido, pero la realidad no funciona así. Cada persona necesita su tiempo. También he aprendido que pedir ayuda no te hace más débil. Al contrario. A nosotros nos ayudó muchísimo dejarnos acompañar por profesionales y por personas que sabían de qué hablaban.


¿Qué frases le molestaba escuchar?


Las que intentaban resolver el dolor deprisa. «Ya no sufre», «tienes que rehacer tu vida», «te voy a presentar a alguien»… La gente lo dice con cariño, pero muchas veces proyecta sus propios miedos. Yo no necesitaba que me arreglaran la vida. Necesitaba tiempo para aprender a vivirla.

¿Y qué ayuda de verdad?


Un abrazo. Una escucha sincera. Alguien capaz de sentarse a tu lado y decirte que lo que estás viviendo es una auténtica mierda. Sin adornos. Sin soluciones milagrosas. Simplemente estando ahí.


¿Cuándo sintió que volvía a mirar hacia delante?

Hace relativamente poco. Este verano, concretamente. Empecé a sentir que podía recuperar cierta libertad. Ver a mis hijos crecer, saber que podían quedarse solos un rato, salir a caminar sin estar pendiente cada minuto… Son cosas pequeñas, pero para mí han significado muchísimo.


¿Qué ha descubierto sobre sí misma?


Que he podido soportar más de lo que imaginaba. Hubo momentos en que pensé que aquello era insoportable. Sin embargo, he seguido adelante. También he descubierto que necesito aprender a decir que no y a reservarme un espacio propio, porque durante años me olvidé completamente de mí misma.

¿Hay una Susana más valiente que hace diez años?


No sé si más valiente. Lo que sé es que la vida me puso delante una prueba muy difícil y fui capaz de atravesarla. Pero no me gusta que se dé por hecho que las personas fuertes pueden con todo. Las personas fuertes también se cansan, lloran y necesitan ayuda.


¿Qué miedos ha dejado atrás?

El miedo a la muerte. Antes me aterraba. Después de ver la enfermedad tan de cerca, muchas de las cosas que me preocupaban perdieron importancia. He entendido que la vida es mucho más frágil de lo que creemos y, precisamente por eso, intento aprovecharla más.


Después de todo lo vivido, ¿qué le diría a una mujer que hoy recibe la noticia de que el cáncer ha entrado en su casa?


Que se deje ayudar. Que aprenda a cuidar al enfermo, pero también a cuidarse ella. Que disfrute todo lo que pueda del tiempo compartido. Y que no tenga miedo a mostrarse vulnerable. A veces, en medio de la enfermedad, aparecen conversaciones, gestos y formas de amor que quizá nunca habrían existido de otra manera.

¿Qué le gustaría que dijeran sus hijos de usted dentro de muchos años?


Es una pregunta que les hice hace poco a mis hijos y me emocionó mucho lo que me respondieron. Dani me escribió algo precioso: «Todos los sentimientos que tengo, los siento contigo». Como si todo lo que vive y siente pasara también por nuestra relación. Y el pequeño fue incluso más directo. Me dijo: «Mamá, eres maravillosa... No, magnífica». Insistía en que magnífica era algo todavía más grande. Después añadió: «Tú lo eres todo para mí». La verdad es que, si dentro de muchos años siguieran viéndome así, me sentiría profundamente afortunada. Me gustaría que dijeran que estuve presente. Que compartí con ellos todo lo bueno y todo lo malo. Que intenté acompañarlos siempre. Y que, a pesar de las pérdidas, supimos seguir viviendo juntos.


«Cuando cierro los ojos»… para mantener vivo el recuerdo

Dani y Leo acompañan a su madre durante toda la entrevista. Intervienen en varios momentos y muestran un cuadro pintado por los cuatro, unas semanas antes de la muerte de Jesús. Dani, con camiseta del Real Burgos, fue el que animó a su madre a darle forma a la historia.

¿Cómo nació su cuento ‘Cuando cierro los ojos’?

Nació la noche anterior al segundo aniversario de la muerte de mi marido. Desde que falleció, mis hijos y yo habíamos creado pequeños rituales para mantener vivo su recuerdo: plantar árboles, llevar sus cenizas a lugares especiales o hablar con él de una forma simbólica. Aquella noche cogí papel y lápiz y escribí nuestra historia de un tirón. Siempre he utilizado la escritura para ordenar emociones y afrontar momentos difíciles. Cuando se lo enseñé a mis hijos, Dani me animó a convertirlo en un cuento y fue él quien sugirió la idea de los ojos abiertos y cerrados que acabaría dando título al libro. Más tarde, Ana -la ilustradora Nana Pez- transformó mis dibujos y bocetos en las ilustraciones definitivas. Aunque tiene apariencia de cuento infantil, el libro es en realidad una forma de explicar nuestro proceso de duelo, el miedo, la esperanza y todo aquello que nos ayudó a seguir adelante. Hay una imagen que resume su esencia: una mano sujetando a una niña. Representa esa fuerza invisible que sentí durante todo el proceso, algo que me sostenía cuando pensaba que me iba a caer. Para mí, esa mano simboliza la fe, el amor y todo lo que nos ayudó a continuar.

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