La calle y su mundo
El yate en bronce
Se recuerda la estatua de Fray Luis. (De los periódicos.)
Leo que el pasado 25 del mes en curso, se cumplieron 115 años de la erección del monumento a Fray Luis de León, en Salamanca. El bronce, alzado en el Patio de las Escuelas, frente a la fachada de la Universidad, es ya una vieja estampa salmantina. Modeló la figura el escultor Nicasio Sevilla. Uno tiene la sensación de que el fraile subió al pedestal y se quedó petrificado desde el siglo XVI. La estatua es una obra de los liberales de la ciudad que tuvieron a Fray Luis por uno de los suyos más que nada por la persecución y tortura en la cárcel inquisitorial. En la idea de un frailecito sabio, virtuoso y manso yerran sus incondicionales pues se trata de un espíritu más bien sombrío y triste, que en un momento determinado no tuvo inconveniente en denunciar al Santo Oficio al gran Arias Montano, por guardar en su biblioteca li- bros heréticos. En esta oca- sión actuó de acuseta, y hubo quien se alegró de que andando el tiempo le saliese la criada respondona. No las hagas, no las temas.
Sin duda el monumento fue una consecuencia del hallazgo de sus restos, acaecidos quince años antes. Fray Luis, como sabemos, falleció en la clausura agustina de Madrigal de las Altas Torres y su cadáver, traído a Salamanca recibió sepultura en el claustro del convento de San
Agustín, abatido en los avatares decimononos. Ninguno de los que intervinieron en el examen de los huesos encon- trados en el claustro estuvieron seguros de que eran los del poeta, pero se admitieron por auténticos y se llevaron a un nicho de la capilla universitaria. El hecho es que Fray Luis se yergue como la figura señera de la Salamanca renaciente, pues a sus estudios acudió de garzón, fue catedrático, marchó preso a Valladolid y regresó en olor de multitud, y cantó las gracias del campo circundante y elogió a los claros varones loca- les. Y si constituye la clave de la vieja urbe humanística, Unamuno es sin duda el símbolo de la moderna ciudad rosada.
Volviendo al monumento, retumbo cívico de una pasión política, con la crisis de la monarquía y su caída sin pena ni gloria, se alzó en santuario del liberalismo. Y ahí está el mejor de nuestros poetas clásicos, guardando silencio, integrado en un ámbito plateresco, al que llega en las noches propicias el quejido del Tormes, que le traen efluvios camperos de La Flecha. El maestro observa las puertas de la Universidad, Llamada "Alma Mater" por los que en volandas le coloca- ron en un augusto rincón de Salamanca. Tengo para mí que la estatua académica anunció la incorporación al bronce enaltecedor de tantos y tantos hombres más o menos ilustres de la Restauración.
ERO

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