Paisaje de Castilla





Página 6-sábado 2 de Enero de 1915
CORRERIAS Y DEVANEOS
Paisaje de Castilla
Desde el campanario del pueblo de Isabel la Católica, desde el campanario de Madrigal de las Altas Torres, estoy contemplando, ayudado de unos anteojos, toda la vasta, anchísima, interminable, infintta, amarillenta llanura de las Castillas. Ni un regato, ni un árbol, ni una graciosa ondulación. Los rastrojos secos, los surcos curvos, la tierra pobre y esquilmada. Y salpicando el llano monótono, los puntos obscuros, grises, de las villas y ciudades. Arévalo, entre una nube de polvo, allá en la lejania; más acá estos pueblucos recogidos, austeros, místicos, silenciosos de Fontiveros, de Cantiveros, de Cabezas, de Bernui de Zapardiel. Y en seguida, los caseríos salmantinos, las torres de Peñaranda, Aldeaseca de la Frontera, el llano leonés. Y en la misma sábana inmensa, los viñedos de Nava del Rey, el castillo de la Mota de Medina del Campo; tierras de Avila, de Valladolid, de Salamanca, de Segovia, casi toda la meseta, pobre y desolada, extendida aquí, á mis pies, en esta tarde clara y radiante de otoño.
Nada más desolador, nada más trágico, nada más triste que esta visión única. del paisaje castellano. Aquí la tierra no es un asiento definitivo, sino un lugar de pasada, una morada de transición. El cie lo nos está llamando á voces; por instinto, nos despegamos de esta tierra ingrata; ansias locas de quimera, de ensueño, de misticismo, se apoderan de nuestro espíritu. El sol hace de fuego las almas. Todos viven desasosegados, inquietos, poseídos de no sé qué locuras innominadas. La llanura embota los sentidos de la carne, hasta adormecerla, para tener más despiertos los del corazón.
Ningún color suave, ningún tono dulce, ninguna graciosa variedad, ninguna sombra grata, columbramos con los catalejos. Todo es áspero, crudo, pobre, violento, por estos contornos. Luz cegadora arriba y abajo; los surcos toman un color rojo, de sangre, à la vista del sol; las casucas de adobes se ennegrecen. Castillanos dijo López de Ayala face los hombres y los gasta. Pero hace los hombres sin espí ritu gregario, los encara solos ante el des- tino, rompe en ellos todo lazo de solidaridad humana. El juicio final, la vista del ancho valle de Josefat, pesa más en ellos. que el juicio de los hombres y que el aplauso de las muchedumbres. Como estos pueblos viven aislados unos de otros, así sus moradores no tienen nada de comunicarse. Viven en el silencio y para el silencio. El diálogo sirve en ellos solamente. para disfrazar su pensar. Valor convenido, la palabra no es una efusión cordial, sino un medio discreto de escamotear de hur
tar su juicio, antes las cosas y los hombres que les circundan..
Como una losa de plomo pesa sobre los. castellanos la aspereza de esta planicie, con sus cambios bruscos de color irritante y de frío cruelísimo. La vida es tan recia que tienen que dedicarse á fabricar quimeras. Oid sus cantos en el campo, cuando, mano á la esteva, lanzan á pleno pulmón sus sentires más ocultos; a través de la monotonía de la copla quejumbrosa celos de amor, esperanza de cosecha. próvida, huracán de pasiones que se des borda, narración de codicioso que va pasando revista á sus tesoros late una fuer za oculta, un renunciamiento generoso, una esperanza de libertad al espíritu de sus frabas naturales. El esclavo dice su estrofa de liberación inconsciente de su poder. Y oidlos en la iglesia, al entonar el Gloria 6 en los moteles de las novenas; la voz resuena limpia, poderosa y cálida, porque allí sin saberlo ellos, dan aire su doloroso sentir de contemplativos que pugnan por la acción.
Yo he comprendido esta tarde, contemplando estas llanuras donde se formó la infancia de Isabel la Católica y que ella misma contemplara prisionera desde un torreón que se encara con Medina, todo el proceso psicológico de la doncella para unir las dos coronas de Aragón y Castilla. y echar á los moriscos de su último bafuarte. Ancha es la tierra, pero uniforme; alli debe llegar el poder de nuestro brazo donde alcance la visión de nuestros ojos. Una simple codicia de expansión terrena sirvió de cimiento à una solidaridad de pueblos que se sentían en el plano de un interés común.
vida.
. Pero el sol se oculta dejando huella de sangre en el llano inmenso. De noche, en el sueño, vive Castilla toda su Muy cerca de aquí, en Duruelo, Juan de la Cruz compone su canto en que la esposa, loca de amor, deja su cuidado perdido y olvidado entre azucenas. Aquí, al lado, en el convento de Agustinos, Luis de León repasa un viejo texto del noble Horacio. Por estos caminos, Teresa, que viene fun- dando monasterios, que anoche vió el juego de la luna clara con las nubes en Me- dina, charla gravemente con los viandantes, del amor de Dios, anhelando, cuando
LA VAN
llegue al aposento de la venta, adentrarse en místicos delirios. En otra planicie, ancha y amarillenta como ésta, nuestro buen hidalgo, Alonso Quijano, alumbrado con el resplandor de la dulce mirada de Aldonza, bruñe las armas inservibles y relee las aventuras de los Amadises y Esplandianes. Castilla, amodorrada de dia, teje los hilos sutiles de sus ensueños durante la noche. JOSÉ SÁNCHEZ ROJAS

 

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