Domingo 11 de diciembre de 1994
En el año 1942 una treintena de hombres de Madrigal cazó cerca 15.000 perdices
Sin licencia de caza y sin disparar un tiro, sólo con la ayuda de los perros
En 1942 un grupo de cazadores de Madrigal de las Alta Torres mató 15.000 perdices, y nunca disparó un sólo tiro. Esta frase podía ser el titular de un periódico de la época, pero no, es una simple realidad que no apareció en la prensa. Los hombres de Triana y Cantarranas cazaban de esta forma para poder salir adelante en la época de la postguerra.
T.Portillo MADRIGAL
No se sabe cómo empezó todo, pero yo creo que la palanca más poderosa que puso en marcha la organización de las cuadrillas y el plan de caza fue el hombre de la postguerra. Ya se sabe que el hambre afila el ingenio y en los años 40 había mucho de eso. Hay que contar también con la chispa natural de los hombres de Triana y Cantarranas, dos barrios de los alrededores de Madrigal, pegados a la muralla, allá por la Ronda de San Nicolás.
Un día de caza por aquellos años se desarrollaba siempre de la siguiente forma:
Antes de que el sol asomara detrás de la cuesta del cementerio, ya se estaban reuniendo los hombres en la Puerta de Medina o dentro de la taberna del mismo Castillo. Después, comenzaban el camino detrás de la eras uniformados con pantalón y chaqueta de pana, abarcas y gorra negra. Treinta hombres seguidos por otros tantos perros caminaban por los senderos polvorientos de la estapa al cazadero escogido de antemano. Eran días fríos y ven- tosos del mes de febrero, nada propicios para esta clase de caza, pero había que buscar el jornal que no podía caer de otra parte.
Caminaban a paso rápido y llegaban al sitio determinado, allá por el Cordel o la Puebla, cuando el sol aún estaba bajo. Sin perder tiempo, como un rito preestablecido, los hombres se dividen en dos grupos casi iguales. Uno se va derecho al pinarejo que se ve a la izquierda mirando al Monte y se despliega en fila detrás de los primeros pinos. El otro grupo se abre, al mismo tiempo, en una gran "mano" que abarca casi un kilómetro y camina lentamente girando sobre el pinar: son los ojeadores que tienen la misión de levantar las perdices que estén "amonadas" en las pajas y los barbechos por donde pasa la "mano". Apenas si hablan o gritan para levantar las perdices. Simplemente caminan, manteniendo la fila en la posición conveniente para cubrir todo el terreno y dejar atrás ni una sola perdiz. Los perros, con sus idas y venidas, cubren los grandes huecos entre uno y otro ojeador.
Uno de estos ojeadores, casi al final de la "mano" avisa que ha visto un bando. Delante de él, como a unos 50 metros, "apeonan" 5 o 6 perdices entre los surcos. Los perros se lanzan sobre ellas, obligándolas a levantar el vuelo.
Como si las mandasen o las dirigiesen por telepatía, todas las perdices vuelan ruidosamente derechas al pinar donde están apostados los hombres del primer grupo: van al "perdedero" que es
Una de las plazas de la localidad por donde pasaron los cazadores de Triana y Cantarranas.
su querencia o su refugio cuando las obligan a salir del campo abierto. Allí están los hombres, con sus perros, y en cuanto aterrizan, cansadas de su rápido vuelo y "apeonan" buscando el abrigo de los primeros carrascos, los cazadores del "perdedero" las acosan con sus perros, acabando todas entre en la boca de los canes o en el morral de sus dueños.
Una y otra vez se repite la esce- na, la "mano" cubre el terreno a conciencia, levanta los bandos de perdices que están en el terreno del ojeo, y van a parar al "perdedero" y ... al morral de los allí apostados.
A mediodía se juntan todos a comer el cacho de pan con algo más para engañar al hambre. Un trago de vino de la bota completa el condumio. También hacen un rápido recuento: ya tienen treinta y ocho piezas en los morrales o colgadas del cinto.
Los hombres de Triana y Cantarranas son incansables. Siguen dado "manos" una tras otra, hasta que se pone el sol y al final del día se llevan a casa noventa y dos perdices.
La torre de San Nicolás se ve apenas a la luz del crepúsculo detrás de las cuestas. Los hombres de Triana y Cantarranas, cansados, enfilan hacia la torre el camino de regreso. Vuelven con paso lento comentando los casos del día. El perro de "Bodigo" camina a tres patas "aspeado". El terreno está muy "áspero" y el perro sangra por la huella, herido por las pajas o los resecos terrones. Entran al pueblo por la Puerta de Medina. Paran un rato en la taberna a tomarse un trago de vino nuevo, a dejar las perdices del día, y... a casa a cenar.
Las perdices se vendían a restaurantes abulenses.
ARCHIVO
EL DIARIO DE AVILA
LA MORAÑA
Las cuadrillas eran de cazadores furtivos sin ningún tipo de licencia
T.Portillo
MADRIGAL
Por la noche, después de la cena en casa, se reune de nuevo toda la cuadrilla en la misma taberna del Castillo. Julito, el del coche de Ávila, está allí hace un rato, y ya ha apurado su café de puchero. Es el momento de hacer negocio. Julito es el comprador de la caza. Mañana las llevará a Ávila y se las comeran los turistas.
Hoy están a quince pesetas por pieza, en total han sacado 1.350 pesetas que se repartirán entre los 30 hombres. Las dos perdices que sobran son, una para Julito y otra para Lola, la tabernera. Así son de rumbosos los hombres de Triana y Cantarranas, aunque ellos no prueben una perdiz casi
nunca.
De este modo simple, en un año, aseguran que mataron 15.000 perdices en el término de Madrigal y en los pueblos del con-
torno.
Lo cierto es que los cazadores de escopeta protestaron ante la autoridad competente, alegando que esas cuadrillas estaban descastando las perdices en la co- marca y no dejaban ninguna para que ellos pudieran cazarlas. Ellos pagaban sus licencias de caza y su porte de armas. En cambio estas cuadrillas eran cazadores furtivos sin licencia ni nada que se pareciese.
La autoridad competente era el sargento de la Guardia Civil, quien escuchó muy atento el alegato de los cazadores de escopeta. El sargento dictó una sentencia salomónica. Un día que salió de pareja al campo, se topó con la cuadrilla, (las malas lenguas dicen que fue a buscarlos a propósito). Pidió las licencias de caza. Nadie sabía de eso. Y los metió en la cárcel por 24 horas. Luego les soltó y les dijo que podían cazar cuanto quisieran con una condición: todas las noches tenían que pasar por el cuartel para decirle el sitio del cazadero. De esta forma, nunca una pareja de la Guardia Civil tropezó más con la cuadrilla y pudieron cazar sin que nadie les pidiera la licencia, y ganar así unas pesetas que metían a ellos y a sus familias, pasar los años del hambre decentemente.


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