EL RINCON DE MADRIGAL

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23 ago. 2015

Las visiones políticas de Marina de Escobar

Las visiones políticas de Marina de Escobar

El Renacimiento había situado a la mujer en el campo de la profecía, aunque las visionarias cambiaron de dimensión a partir del Concilio de Trento. A pesar de todo, sibilas encontramos en la Capilla Sixtina o en el retablo de San Benito de Berruguete. Lucrecia de León fue el caso más documentado de profecías a través de sus sueños. Marina de Escobar es una de las visionarias más allá de Trento, en el ámbito de la dirección espiritual de los jesuitas. Algo singular ocurría con doña Marina cuando era la mujer más retratada del Valladolid del siglo XVII, fuera del ámbito de la familia real o de una casa nobiliaria. Esa imagen es reflejo de un singular prestigio. Una popularidad que se plasmó cuando la Corte salió de la ciudad en 1606 y quisieron llevarla consigo.

Hay una dimensión política que rodea a las visiones, sin existir una separación entre lo religioso y lo profano. Era el camino para que aquella mujer opinase sobre asuntos realmente de calado. La invasión de Castilla por la peste podía ser uno de estos asuntos, pues paralizaba la cotidianidad, sobre todo en el momento en que en Castilla se anunciaba la llegada de la Corte a Valladolid. Eran días de 1599-1600, en un tiempo cercano al final del siglo y una época en la que muchos habían nacido bajo la mirada regia de Felipe II. A pesar de ser ésta la Monarquía Católica, la peste era el castigo divino por los pecados de España. La derrota en la guerra podía tener la misma connotación y del desastre de la Armada Invencible ya habían hablado la mencionada Lucrecia de León o la fundadora carmelita en Barcelona, Catalina de Cristo, discípula de Teresa de Jesús.
Y aunque doña Marina avisó a su confesor y al corregidor y los vallisoletanos realizaron las pertinentes rogativas, en la acción de gracias parecía no existir arrepentimiento y la visionaria advirtió que el segundo envite alcanzaría a las cabezas de la sociedad. Ocurrió con el primer obispo de Valladolid, el corregidor y el presidente de la Chancillería: «todo fue castigo del desagradecimiento; y el Señor se lo reveló mucho antes, y lo dijo, y se vio cumplido».
En el meollo de la Monarquía
La sucesión de los monarcas, en la Corte de Valladolid, siempre fue un problema, por la debilidad de los infantes y por la abundancia de las niñas sobre los niños. La primogénita Ana de Austria, que llegó a ser reina de Francia, presentaba una enfermedad en la cabeza y rostro, cubierta de costras. Cuenta doña Marina que fue la propia Virgen la que le proporcionó el remedio a través de su mano, se acercó a palacio —todavía no se había enclaustrado en su casa— y a través de su amiga, la aya y marquesa del Valle, tocó a la infanta y en cuatro días se curó. Eso sí, Marina de Escobar mostraba repugnancia de realizar estos milagros con los enfermos, sobre todo por humildad.
No siempre eran fáciles las relaciones entre el monarca católico y el Papa, pues éste no contaba con una dimensión tan universal ni era un líder mundial como acostumbramos a verlo hoy. De ahí, y no sólo con Felipe II, que ocurriesen numerosas controversias con los pontífices de su tiempo. El monarca católico nunca entendió el estratégico perdón que dispensó Clemente VIII a Enrique IV de Francia, convencido hugonote hasta ese momento: «una vez la visitó —a doña Marina— el Glorioso Apóstol San Pedro: he venido a pedirte que encomiendes mucho a nuestro Señor, la Iglesia católica y al Papa, Clemente Octavo».

Los ingleses fueron otra de las obsesiones visionarias de Marina de Escobar. En realidad, lo era de aquella Monarquía que había intentado, en repetidas ocasiones, invadir, repeler los ataques de los corsarios a las ciudades y a la flota que procedía de las Indias y que traía oxígeno monetario a una Castilla en guerra con media Europa desde 1618. Lo subrayó el consejero José González cuando Marina de Escobar anunció la llegada con éxito al puerto de Cádiz de una Armada española desde Indias, en torno a 1625. Causó gran impacto la posible alianza matrimonial que se iba a materializar entre el príncipe de Gales, el futuro Carlos I de Inglaterra, y la infanta española María de Austria, hermana de Felipe IV. El conde-duque de Benavente, que era virrey de Nápoles, consultaba al jesuita Luis de La Puente, confesor de doña Marina, sobre algunos de estos asuntos de gobierno y uno de ellos fue, precisamente, la proyectada boda que finalmente no se llegó a celebrar. La Puente pertenecía a ese grupo opositor a cualquier acercamiento del monarca católico con los ingleses, cismáticos y desobedientes a Roma. Por eso, cuando hablaba de este trascendental asunto, indicaba a los Pimentel —los mencionados Benavente— que había recibido comunicación de todo ello, a través de una «sierva de Dios a quien él confesaba». Le avisaba de los peligros que esta alianza iba a demostrar.
Marina de Escobar no estuvo ajena al relato de la ejecución de Rodrigo Calderón. Ella le retrataba como «un caballero, bienhechor mío a quien auía años que conocía y encomendaua a nuestro Señor y daua buenos consejos en materia de virtudes y de su aprouechamiento espiritual». Hablar de don Rodrigo no era políticamente muy correcto pero ella afirmaba que un ángel la transportó a la Plaza Mayor de Madrid y contempló su valentía, confirmando después que su alma se había salvado. De visiones también partían los deseos de fundar la orden de Santa Brígida en España, aunque a la hora de la verdad necesitaba el concurso del nuevo valido, el conde-duque de Olivares, de Felipe IV y de un papa, Urbano VIII, que miraba con mayor preferencia a los franceses, en guerra con España.
La globalización de doña Marina
Y política, también encontramos cuando el Papa no había dogmatizado sobre la Inmaculada Concepción de María y monarcas como el de España presionaban para ello. Unas órdenes religiosas apoyaban esta decisión y otras se mostraban manifiestamente contrarias, como los dominicos. Y aunque doña Marina mantenía buena relación con todos a través de sus confesores, se definía hacia el jesuitismo, naturalmente por visiones y haciendo que santo Tomás, bandera teológica de los «maculistas», se pronunciase en contra del empecinamiento de sus dominicos. Naturalmente, su aposento era estación de término de numerosos cortejos celestiales donde se hacía presente el color de la Inmaculada.
A pesar de la clausura, Marina de Escobar estaba bien informada de los conflictos de su tiempo, «que de Italia auían uenido trabajosas nuevas del estado de las guerras que ay endereçadas contra el Rey de España»; que Dios la mostraba batallas entre católicos y herejes aunque en sus transportes «nos fuimos a los calabozos y mazmorras de Berbería adonde aquellos cautivos christianos padecían increíbles trabajos de aquella bárbara y cruel gente». Era el fantasma, tan presente en tantos españoles de su tiempo, que habían temido una invasión de aquellos berberiscos del Mediterráneo occidental que serían apoyados por los moriscos del interior. Y hasta las misiones, los descubrimientos del Extremo Oriente, eran objeto de su atención, de sus diálogos con la divinidad. A los japoneses, Dios había enviado «predicadores de la verdad», que habían sufrido persecución y martirio. A los ingleses, sin embargo, «bien sabes tú que les traxe a estos Reynos para que viessen el trato de la Iglesia Catolica, a donde pudiera aprovecharse y reducirse, no lo hizo, mi justicia clama y a mi gloria conuiene que sean castigados». Aquella Europa en guerra, por aparentes causas religiosas, escondía detrás importantes intereses políticos. Todo hace pensar que el aposento en el que habitó Marina de Escobar, durante treinta años hasta su muerte en 1633, en la calle del Rosario —hoy sería vecina del señor Cardenal— se encontraba más globalizado de lo que parecía.

http://www.elnortedecastilla.es/valladolid/201508/23/visiones-politicas-marina-escobar-20150813135605.html

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