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12 abr. 2015

La Utopía de América en el Siglo XVI y Vasco de Quiroga

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La Utopía de América en el Siglo XVI y Vasco de Quiroga

La Utopía de América en el Siglo XVI y Vasco de Quiroga

Dr. Silvio Zavala
Vasco de Quiroga, desde México, adoptaría la misma actitud espiritual cuando, en 1535, definía sencilla y felizmente: “porque no en vano, sino con mucha causa y razón este de acá se llama Nuevo Mundo, no porque se halló de nuevo sino porque es en gentes y casi en todo como fue aquel de la edad primera y de oro…”. Este asiduo lector de Moro abogaría por la adpción del régimen utópico por ordenar la vida de los indios, situándose en una rara atmósfera política donde el mundo de las ideas se confundía con la realidad.
Es lamentable que al penetrar en la historia espiritual de Vasco de Quiroga desconozcamos el proceso de su educación. Sus biógrafos antiguos y modernos no han podido decirnos qué universidad frecuentó; quiénes fueron sus maestros; cómo depuró su gusto por las lecturas. Según documento recientemente publicado, era licenciado en derecho canónico, pero no en teología. ¿Dónde entró en contacto con las inquietudes humanistas? ¿Sería en España, acaso por influencia de los egresados de Alcalá de Henares que gozaban de valimiento en la corte de Carlos V? ¿O por ventura en México, al amparo de la intimidad del obispo Zumárraga, cuy erasmismo ha señalado pluma competente? ¿Quiénes protegerían a Quiroga en España y le allanaban el camino para obtener los elevados oficios temporales y eclesiásticos que desempeñó?
Dejemos abiertas estas interrogantes y tomemos al hombre en el momento en que sus rasgos personales e ideológicos pueden ser objeto de reconstrucción, para seguirlo hasta los últimos destellos de su pasión humanista.
Sabido es que Quiroga llegó a Nueva España a fines de 1530 como uno de los juristas escogidos para integrar la Segunda Audiencia, a la cual pertenecieron también los licenciados Salmerón, Maldonado y Ceynos, y con posteridad, en calidad de presidente, el sabio letrado don Sebastián Ramírez de Fuenleal. Algunos escritores, mal documentados, han creído que Quiroga fue misionero. Este nombre corresponde a los frailes de las órdenes que venían a evangelizar, pero resulta impropio aplicarlo a quien ejerció funciones de oidor y después fue elevado a la mitra de Michoacán, es decir, a una dignidad perteneciente al clero secular y no al regular o de órdenes. Esto no significa que Quiroga haya dejado de poseer un temperamento religioso y caritativo, ni que su actividad carezca de aspectos apostólicos; más tales cosas no autorizan a confundir los conceptos y categorías. Motolinia, Gante, Betanzos, y tantos otros, forman un grupo definido de misioneros que nadie, en el siglo XVI, hubiera confundido con Quiroga, letrado y obispo.
Cuando los oidores arribaron a México, les aguardaba una tarea ardua. El país no estaba libre de los efectos inmediatos de la conquista, consumada una década antes, y al ajuste de los elementos españoles con los indígenas ofrecía más de una aspereza, si había de efectuarse de acuerdo con normas cristianas y de elevada política. La condición de los esclavos, la organización de las encomiendas y corregimientos, el uso de tamemes o indios de carga, la regulación de los tributos, el estatuto de los caciques, la fundación de pueblos y ciudades, el gobierno, la justicia, la Iglesia y el fisco eran temas que demandaban el esfuerzo, prudencia y habilidad por parte de gobernantes. Debía incorporarse a la monarquía española –parcela espiritual y temporal de la cultura de Occidente- una sociedad nueva y compleja, en la que comenzaban a anudarse entre las razas los lazos que, más adelante, constituirían la esencia del ser histórico de México.
No nos corresponde entrar en las minucias de problemas plantados. Es suficiente, para nuestro fin, destacar la naturaleza incipiente de aquella sociedad que no podía ser regida por fáciles modelos tradicionales. La inquietud humanista de Quiroga hallaba cercana la ocasión de manifestarse.
El 14 de agosto de 1531 escribe al Consejo de Indias que debía ordenarse la vida de los naturales reduciéndolos a poblaciones: “donde trabajando y rompiendo la tierra, de su trabajo se mantengan y estén ordenados en toda buena orden de policía y con santas y buenas y católicas ordenanzas; donde haya y se hag una casa de frailes, que no alcen la mano de ellos, hasta que por tiempo hagan hábito en virtud y se les convierta en naturaleza”. Deseaban edificar un pueblo en cada comarca; hablaba esperanzado de la simplicidad y humildad de los indígenas; hombres descalzos de cabellos largos, descubiertas las cabezas, “a la manera que andaban los apóstoles”. Fundados en los pueblos se ofrecía, con ayuda de Dios, “a poner y plantar un género de cristianos a las derechas, como primitiva iglesia, pues poderoso es Dios tanto ahora como entonces para hacer y cumplir todo aquello que sea servido y fuese conforme a su voluntad”.
No había transcurrido mucho tiempo después de haber sido escrita la carta anterior, cuando Quiroga expuso por extenso el programa humanista, basado en la Utopía de Tomás Moro, que debía constituir, a su juicio, la carta magna de la civilización europea en el Nuevo Mundo.
La Corona encargó a la Segunda Audiencia que le enviase una descripción detallada de las provincias y pueblos de Nueva España. Esta base geográfica y estadística serviría en la metrópoli para hacer repartimiento general de las encomiendas entre los españoles, con carácter perpetuo. El premio había sido ofrecido previamente, pero el Emperador, celoso del vigor que adquirirían las jurisdicciones señoriales, no se decidía aún a concederlo y mantenía los repartimientos en calidad de mercedes temporales. De aquí las peticiones constantes y urgentes de los conquistadores y pobladores españoles, apoyadas frecuentemente por religiosos y juristas. A la descripción debía acompañar un parecer de cada oidor acerca de la organización que creyera conveniente dar al reino.
El 5 de julio de 1532, los miembros de la Audiencia avisaron a la Emperatriz que enviaban la descripción y relación de la tierra y de las personas de los conquistadores y pobladores; la Nueva España quedaría dividida en cuatro provincias; habían platicado con prelados y religiosos iban con los demás papeles. Una carta posterior de la Audiencia, fechada el 17 de septiembre del mismo año, informa que el navío en que iba la descripción duplicada como su Majestad lo quería. EL presidente Ramírez de Fuenleal escribió por último, el 3 de noviembre, que salieron con destino a España los licenciados Matienzo y Delgadillo, portadores de la descripción.
La Reina contestó a la Audiencia, desde Barcelona, el 20 de abril de 1533: “En el consejo se recibió un caxon de madera en que enbiastes la residencia que tomastes a Nuño de Guzmán y a los licenciados Matienzo y Degadillo y a otras personas particulares y la descripción de esa tierra y también se recibieron los pareceres particulares que con ellas venían vuestros y de ciertos religiosos y personas de esa tierra cerca de la dicha descripción excepto el de vos, el licenciado Salmerón que vino acá, y porque el Emperador mi señor será en estos reynos en todo el mes de abril a más tardar, venido en buena hora sea su majestad, se le hará más larga y particular relación y mandará proveer lo que en todo convenga”.
En consecuencia, al parecer particular de Vasco de Quiroga debió de llegar a España dentro del cajón de madera recibido en el Consejo. Las opiniones de Ramírez de Fuenleal y de Ceynos han sido encontradas y publicadas, pero el escrito de Quiroga, que yo sepa, no aparece.
La omisión es reparable en cierto grado mediante los datos que proporciona don Vasco en una información en Derecho de 1535. Explica que el parecer particular sobre la descripción lo sacó “como de dechado” del muy buen estado de república compuesto por Tomás Moro, “varón ilustre y de ingenio más que humano”. Razonó Quiroga el escrito que, estando derramados y solos los indios por los campos, padecían agravios y necesidades; y propuso recogerlos en ciudades y policía: “porque mal puede estar seguro el solo, y mal puede ser bastante para sí ni para otros, el que ningún arte ni industria tiene”. Invitó al Consejo real a dar leyes y ordenanzas que se adaptaran a la calidad, manera y condición de la tierra y de los naturales de ella, que fueran simples e inteligibles; a este defecto, sugirió las que le había inspirado la lectura de la Utopía de Moro. Consideraba que el gobierno español poseía facultad para imponer dichas reformas benéficas, y apuntaba como el fin que perseguía la organización de las ciudades: “que los naturales para sí y para los que han de mantener, sean bastantes, suficientes y en que se conserven y se conviertan bien como deben”; es decir, bienestar económico, orden racional político y fe cristiana. La república de su parecer era arte de policía mixta, porque por ella se satisfacía así lo temporal como lo espiritual; organizada la buena policía y las conversaciones humanas, quedaban cortadas las raíces de toda discordia, lujuria, codicia y ociosidad, y se introducían la paz, la justicia y la equidad. Quiroga, como entre otros políticos generales del Renacimiento, no sólo reconocía el rango correspondiente a los problemas de la propiedad y del trabajo, sino que de su satisfactoria resolución hacía depender el goce los valores espirituales. En los umbrales del mundo moderno, veía con claridad que una sociedad egoísta y necesitada no podría conocer las dulzuras de la paz ni de la justicia.
En la utopía indiana los ministros serían perfectos. Una ciudad de seis mil familias –cada familia compuesta de diez hasta dieciséis casados, es decir, por lo menos sesenta mil vecinos- sería regida y gobernada como si fuese una sola familia. El padre y la madre gobernarían a los familiares. Los jurados cuidarían de cada treinta familias. Los regidores presidirían de cuatro en cuatro jurados, Había además dos alcaldes ordinarios y un tecatecle (1). Los magistrados serían electos por el método expuesto en el parecer, copiado de la Utopía. A la cabeza de todos estaría un alcalde mayor o corregidor español nombrado por la Audiencia, la cual sería el tribunal supremo en lo temporal.
Los religiosos, en estas ciudades, podrían instruir a un mayor número de personas.
Quiroga se dolía de que este parecer hubiera sido menospreciado o a lo menos olvidado por quienes debieron examinarlo en España.
Después de haber escrito el parecer de 1532, Vasco de Quiroga no abandonó las ideas que había concebido acerca de la vida de los indios; por el contrario, reanudó las lecturas de índole humanista y envió a la Corte, el 4 de julio de 1534, su amplia información en Derecho precipitada por la expedición en Toledo de una cédula real, del 20 de febrero de 1534, que favorecía a los partidarios de la esclavitud de los indios. Quiroga se opuso, con todo el peso de sus conocimientos jurídicos, a la ley y a los argumentos de los esclavistas; al mismo tiempo, insistió en la conveniencia de adoptar su olvidado parecer utópico y lo reforzó brillantemente con nuevas razones.
Entre la lectura de la Utopía y la Información de 1535, don Vasco nos cuenta que se dio con el relato de Luciano acerca de Saturnales, o sea, el tema de trascendencia humanista de la Edad de Oro: “tanto por todos estos nuestros tiempos nombrada y alabada”. Explica que nunca antes de esta vez vio ni oyó esas palabras originales de Luciano, y la coyuntura en que se le hacen presentes, como antes la república de Moro, le mueve a pensar que la Providencia se las depara “por ventura para echar el sello y poner contera y acabar de entender esta a mi ver tan mal entendida cosa de las tierras y gentes, propiedades y calidades de este Nuevo Mundo”.
Luciano había sido traducido por Erasmo y Moro, sin que haya duda acerca de que Quiroga conocía la versión debida al humanista inglés, porque la cita expresamente. Su lectura le convence de que se encuentra en Nueva España ante la humanidad sencilla capaz de vivir conforme a la inocencia de aquella Edad Dorada y según las virtudes de una “Renaciente Iglesia”. Porque los indios son bondadosos, obedientes, humildes, afectos a fiestas y beberes, ocios y desnudez, como las gentes de los tiempos de los reinos de Saturno; menosprecian lo superfluo con muy grande y libre libertad de las vidas y de los ánimos; gente en fin, tan mansa, tan nueva, tan rasa y tan de cera blanda para todo cuanto de ella hacerse quisiera. Europa, en cambio, civilización de hierro, dista mucho de la simplicidad; en ella es inasequible lo que la humanidad nuevamente descubierta puede realizar sobre la tierra, porque abundan la codicia, la ambición, la soberbia, los faustos, vanaglorias, tráfaga y congojas de él.
La tarea de la civilización en el Nuevo Mundo ha de consistir por eso, no en trasplantar la vieja cultura a los pueblos descubiertos, sino en elevar éstos, desde su simplicidad natural, a las metas ideales del humanismo y del cristianismo primitivo. El instrumento será la Utopía de Moro, cuyas leyes son las más adecuadas para encauzar esta obra entusiasta de mejoramiento del hombre.
La voluntad de aplicar la idea política más noble del Renacimiento singulariza el proyecto de Quiroga; observa de cerca la vida de los indios y eleva su misión civilizadora del hombre de Occidente a un rango y a una pureza moral de que hay pocos ejemplos en la historia del pensamiento de las colonizaciones.
El Consejo del rey no acogió la idea en esta ocasión, como no lo hizo antes con motivo del parecer dado en 1532.
Quiroga, impaciente, poniendo a contribución sus recursos y valiéndose del auxilio de los indios, funda dos hospitales pueblos que se llama Santa Fe, el uno cerca de la ciudad de México y el otro a la cabecera de Michoacán, donde se da comienzo al ensayo de nueva vida social. Se prescinde del ámbito continental, delineado en lso escritores enviados a España, pero el programa arraiga por fin en suelo mexicano.
El 30 de junio de 1533 había sido discutida la empresa en el Cabildo de México y se dijo que el licenciado Quiroga comenzó la obra “so color e título de hacer una casa que se nombrase pater familias”.
Las reglas del parecer de 1532, sacadas de la Utopía de Moro, quizás modificadas porque no se trataba ya de ciudades de 60,000 vecinos sino de pueblos cortos, las convirtió don Vasco en ordenanzas para los hospitales de Santa Fe.
Cuidó de explicar en su testamento –otorgado el 24 de enero de 1536- que fundó los dos pueblos: “siendo oidor por Su Majestad… en la Chancillería Real que reside en la ciudad de México e muchos años antes de tener orden eclesiástico alguno ni renta de la iglesia…”, Es decir, fue obra previa a la fecunda que le cupo realizar como obispo de Michoacán. Su elección a esta prelacía tuvo lugar en el año de 1536 y tomó posesión en 1538. Entonces pudo establecer nuevos hospitales en el obispado e impartir la enseñanza de industrias y los indios.
La fecha en que Quiroga redactó y puso en ejecución las ordenanzas de los hospitales pueblos de Santa Fe es desconocida; el texto descubierto y publicado por Juan José Moreno, en el siglo XVIII, es incompleto por principio y fin. Solamente se puede afirmar que las ordenanzas antecedieron al testamento.
El cotejo de la Utopía de Moro con las ordenanzas de Quiroga lo efectúe en un libro publicado en 1937 y no tengo nada que añadir en este sentido. El resultado es que las ordenanzas. Como lo hacía esperar lo dicho por Don Vasco en varias ocasiones, tradujeron fielmente el pensamiento de Moro, pero transportándolo de la atmósfera a la divagación teórica a la aplicación inmediata. Seguramente hubiera interesado al Canciller de Inglaterra saber cómo vivieron los indios de México y Michoacán de acuerdo con su Utopía; pero el 6 de julio de 1535, dos días después de haber sido escrita la Información de Quiroga sufrió la decapitación a manos del verdugo del rey de Inglaterra Enrique VIII.
Quiroga estableció en sus pueblos de Santa Fe la comunidad de los bienes; la integración de grandes familias; un sistema de turnos entre la población urbana y la rural; el trabajo de las mujeres; la jornada de seis horas; la distribución liberal de las frutos del esfuerzo común conforme a las necesidades de los vecinos; el abandono del lujo y de los oficios que no fueran útiles; y la magistratura familiar y electiva.
Cerca de treinta años sobrevivió a fundación de los hospitales y observó el curso del experimento. En el testamento de 1565, no sólo se halla muy lejos del desfallecimiento o del abandono de su idealismo aplicado, sino que recomienda el cumplimiento de las ordenanzas y que “no se ceda en cosa alguna”.

Es así como Vasco de Quiroga, con sus pareceres y fundaciones, imprime al pensamiento humanista una inesperada orientación americana y ennoblece las relaciones de los europeos con los aborígenes merced a una doctrina llena de generosidad.

(1). Se refiere a un cargo de la administración indígena prehispánica.
De: S. Zavala, la “Utopía de Tomás Moro en la Nueva España y otros estudios”, México, 1937.
—, Ideario de Vasco de Quiroga, México, 1941.

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