EL RINCON DE MADRIGAL

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26 may. 2013

Moraña, triángulo espiritual


 
 
Moraña, triángulo espiritual
Las Edades del Hombre aporta el tercer vértice a una tierra heredera de la espiritualidad de figuras como San Juan de la Cruz y fray Luis de León
Hay una tierra que destila espiritualidad. Un lugar que como cuna y tumba de ilustres hombres cercanos a Dios se sabe digna heredera de un legado que cuida y salvaguarda del paso del tiempo. Un lugar en el que el paisaje de verdes y ocres de los campos de cereal se antoja infinito; en el que el mudéjar recuerda el pasado de una ‘tierra de moros’ y en el que los atardeceres, según cuentan aquellos herederos, otorgan una luz a la inmensa llanura desconocida en otras tierras.
Al norte de la provincia de Ávila, se encuentra la comarca de La Moraña en la que Arévalo ha venido a completar un itinerario imprescindible para todo aquel que desee conocer en verdad esta tierra. ‘Credo’, la XVIII edición de Las Edades del Hombre que abría sus puertas el pasado martes, aporta el tercer vértice a un triángulo espiritual que trasciende las creencias religiosas para envolver al ser humano como amante del arte, la historia y la literatura.
La capital de La Moraña será, hasta el próximo noviembre, capital también del arte sacro a través de 92 obras de arte de autores como Juan de Juni, Gregorio Fernández, Vasco de la Zarza, El Greco, Goya, Pedro Berruguete, Pablo Gargallo y Salvador Carmona. Una catequesis de arte y religión que invita al hombre a reflexionar, de la mano del gusto estético por la belleza de las obras, sobre su existencia y sobre aquello en lo que cree.
Pero Arévalo, como sede de Edades y como gran exponente del mudéjar, debe ser solo el punto de partida si el visitante desea completar un itinerario que le permita empaparse de la riqueza de La Moraña. En Fontiveros lo espera un pueblo entregado al más ilustre de sus vecinos, fiel conservador de una espiritualidad que se contagia de generación en generación y que comienza en la ‘Catedral de La Moraña’.
Así es como llaman los fontivereños a la iglesia de San Cipriano, que aunque ostenta el título de patrón del municipio, queda a la sombra del místico San Juan de la Cruz que para el pueblo es ‘El Santo’. Todo en Fontiveros está impregnado de alma sanjuaniega. Tanto es así, que hasta el cocido que mejor representa la gastronomía de la zona ha tomado su nombre.
San Juan lo es todo
San Juan para Fontiveros lo es “todo”. Así lo expresa a Ical Ana Velázquez, creadora y coordinadora de una ruta que recorre los lugares vinculados al santo. El amor y la devoción que los vecinos sienten por el carmelita descalzo comienzan cuando son bautizados en la pila en la que, hace casi cinco siglos, él recibió el agua bendita. Un ritual que realizan todos los que portan raíces fontivereñas, residan o no en la localidad.
En la iglesia, que data del siglo XIV, también se conservan los restos del padre y el hermano de San Juan de Cruz, que fueron trasladados desde el cementerio cuando fue canonizado. “A nosotros nos gusta creer que cuando estaba en Duruelo seguía viniendo a su pueblo natal a verlos”, confiesa la fontivereña, a la que se le encienden los ojos cuando habla de su San Juan.
“San Juan aporta orgullo a Fontiveros, aunque él fuera humilde”, explica para añadir que los fontivereños poseen una sensibilidad especial para acercarse a la creación, como su ilustre paisano. “San Juan ve la creación como la obra total y absoluta de su Dios, de su amado, y eso nos lo hacen ver desde pequeños. El crecimiento de las plantas, la lluvia, todo lo relacionamos con él así que si es un enamorado de Dios, Fontiveros es un enamorado de San Juan”, expresa Velázquez mientras dirige la ruta hacia la calle del Carmen.
Antes de entrar en ella, el hito lo marca la estatua homenaje que se alzó en 1927 con motivo del segundo centenario de su canonización. En torno a ella se congregan los fontivereños cada 14 de diciembre, cuando se conmemora la fecha de su muerte, para realizar la ofrenda floral. A esta festividad, se suma la procesión del primer domingo de mayo, tremendamente emotiva porque el Santo es sacado de su casa natal para procesionar por todo el pueblo. Es la única imagen que lo hace.

Iglesia y casa natal de San Juan de la Cruz en Fontiveros. (Foto: M. Martín)
Casa natal
En la calle del Carmen se encuentra el convento de una de las pocas congregaciones de Carmelitas Calzadas que quedan y en el que viven ahora ocho monjas. Pared con pared está la iglesia casa natal de San Juan de la Cruz. El altar, levantado sobre la que, se piensa, fue la habitación donde vino al mundo, está presidido por una talla de Gregorio Fernández que es la que procesiona.
Según detalla Ana Velázquez, es una de las pocas que tiene la mano dispuesta para escribir ya que el artista lo esculpió en actitud de espera de la inspiración y aunque porte una cruz, lo que en realidad sujetan sus dedos es una pluma que se le coloca para recorrer las calles del pueblo. La imagen, además, asoma un pie descalzo para expresar su sintonía con la reforma del Carmelo.
Esta casa natal la compró el padre dominico Francisco Martínez de Seijas que llegó a Fontiveros siguiendo los pasos de San Juan y temiendo que, al estar junto a las madres Calzadas, fuera ocupada por los frailes ajenos a la reforma. En su sacristía se conserva la primera talla de San Juan que entró en el templo y una de las muchas reliquias que se reparten por lugares como Úbeda, Granada, Alba de Tormes e incluso Roma. En el exterior, uno se topa con el cántico espiritual. La techumbre de hierro representa la noche oscura; el canal que rodea al pequeño patio, la fuente, y al final, el manzano.
Relata la fontivereña que aunque fray Juan de la Cruz no mencionara en sus escritos su tierra, sí le marcó la naturaleza del lugar. La imagen lejana de los pastores con las ovejas en la llanura; la singularidad del atardecer morañego, las fuentes y la oscura, aunque dichosa, noche, son únicos de esta tierra y eso, afirma Velázquez, no pasó desapercibido para el místico.
El paseo termina en la laguna donde se ubicaba el viejo convento de las Calzadas. Los últimos descubrimientos sobre la vida de San Juan hacen referencia a su infancia, la etapa más desconocida. Mientras uno contempla este paraje, que en invierno amanece a menudo congelado, observa la laguna a través de la imagen calada del Santo que la preside. Allí es fácil imaginar al niño Juan que una tarde, jugando a clavar juncos, cayó al fango. Después, él contaría a los novicios de Granada y Segovia que fue una hermosa y deslumbrante mujer vestida de blanco la que lo sujetó e impidió que se ahogara, hasta que llegó el labriego que lo rescató.
Ana Velázquez rechaza la imagen de hombre sombrío que algunos puedan tener de San Juan; la de un hombre que parecía haber nacido para padecer y sufrir. “La gente no entiende bien los escritos porque quiere racionalizarlos y eso es un error. Los tiene que mirar desde el corazón, nunca desde la razón”, explica para defender a un fray Juan alegre que siempre animaba a los cabizbajos, como revelan las cartas y anécdotas que de él han trascendido.

Sor Rosario, madre superiora del convento de Santa María de Gracia. (Foto: M. Martín)
La vida retirada
Al entrar en el solitario convento agustino de Extramuros de Madrigal de las Altas Torres, el viajero empieza a comprender la vida retirada que anhelaba fray Luis de León. El solemne silencio que impera en la iglesia, tan sólo roto por el rugir del viento golpeando el tejado, sobrecoge al visitante. Los altos muros que cercan un espacio tan vacío, resultan abrumadores para los que acostumbran a vivir en el mundanal ruido.
El convento Extramuros fue el primer contacto de fray Luis de León con Madrigal como visitador de los padres agustinos. El arquitecto e historiador Jesús Gascón, autor de una tesis doctoral sobre el convento, fecha el inicio de la construcción del primitivo monasterio en el siglo XIII. Un siglo después, el rey Alfonso XI ya se refería a él en cartas dirigidas a su madre.
En el convento primitivo estuvieron las monjas agustinas hasta 1525 cuando Carlos I, sobrino de dos de ellas, accedió a cederles las casas reales del interior de la muralla. Una vez se trasladaron allí, las monjas traspasaron Extramuros a los frailes, que lo ocuparon aproximadamente desde 1540 con la mediación de Santo Tomás de Villanueva.
Pero a pesar de ser visitador de la orden, la importancia de fray Luis en Madrigal no se entendería sin la figura del madrigaleño Gaspar de Quiroga, inquisidor general y arzobispo de Toledo, que procuró su excarcelación cuando el agustino cumplía condena en la cárcel de Valladolid. Fue Quiroga, dueño de una inmensa fortuna, el que le encargó la contratación de las obras para restaurar el viejo convento en el que quiso construirse un mausoleo. Un dato que se ha conocido hace apenas una década.
“La simpatía del cardenal arzobispo de Toledo hacia fray Luis, provenía no solamente de su relación con los agustinos presentes en su villa de Madrigal, sino de su propia religiosidad más espiritual y mística que intelectual y por tanto más cercana al pensamiento de jesuitas, carmelitas y agustinos”, recoge Gascón en su trabajo.
El interés del lugar llevó a la Junta de Castilla y León a acometer la consolidación de las ya ruinas del convento con el objetivo de poder abrirlo al público y poder explicar el paso por allí del fraile que proyectó, con su muerte, el nombre de Madrigal. Y es que como recuerda el alcalde de la villa, Rufino Rodríguez, “sí, en Madrigal nació Isabel la Católica, pero también murió fray Luis de León”.
Y lo hizo habiendo sido elegido provincial de la orden en agosto de 1591, acontecimiento que le otorgó al monasterio el título de capitular pues fue allí donde se reunieron los agustinos para celebrar el capítulo. Un cónclave que tuvieron que repetir pocos días después al fallecer el enfermo fray Luis. No obstante, no fue el único capítulo del que fue testigo Madrigal.
Carlos Martín, vocal de Cultura y Patrimonio de la Asociación de Amigos de Madrigal, apunta a Extramuros como un lugar de visita obligada para religiosos y literatos. Según cuenta, una vez fallecido fray Luis –al que considera un místico “en toda regla”-, el cuerpo debe emprender viaje hasta Salamanca para ser enterrado allí así que para evitar que su descomposición provocara olores, se le extrajo, entre otros órganos, el corazón. De ahí que a los amigos de Madrigal les guste pensar que en algún lugar del convento fue enterrado su corazón y, por tanto, en él perdura su alma.

Puerta de Cantalapiedra, uno de los cuatro accesos de la antigua muralla. (Foto: M. Martín)
Herederas
Las madres agustinas del convento de Santa María de Gracia son las herederas y cumplidoras de la orden de San Agustín, y también del legado que dejó en sus antecesoras fray Luis. Su espiritualidad se hospeda en la plaza del Cristo. El monasterio es visitable, salvo la parte de clausura, y en él una de las joyas, al menos la más conocida, es la habitación donde nació Isabel la Católica.
Allí quedan diez hermanas, la sexta parte de las que había en tiempos de fray Luis. Dos de ellas, invitan a pasar hasta dos de los hitos que recuerdan al agustino en el convento. Al primero de ellos también se refiere el padre Teófilo Viñas, residente en el monasterio de El Escorial, y que durante más de 20 años fue encargado asistente religioso en Madrigal. El Padre Viñas recuerda el pedimento que hizo fray Luis al prior del convento estando preso y al que le encargaba que hablara con la monja Ana de Espinosa, hija de boticario, para que le preparara unos polvos que ella elaboraba para sanar la melancolía.
Precisamente esa historia se recoge en un rincón del claustro del convento, que supone la primera parada de esta visita. Bajo la inscripción, se observa un escudo de la orden que fue rescatado del ruinoso convento Extramuros. Al mencionar a Ana de Espinosa, la madre superiora, Sor Rosario, desaparece unos minutos para volver con un escrito que guarda como oro en paño.
Es una copia íntegra de aquel pedimento que lee, a la luz de un sol que esa tarde logró esquivar la tormenta, junto a la madre Pilar. De toda la lectura, la madre Rosario tiene una parte favorita que recita de memoria. Junto a un cuchillo para comer, unas disciplinas, las obras de San Agustín, una Biblia, un crucifijo y el remedio de Espinosa para la melancolía, fray Luis solicitaba al prior “que me encomiende a Dios sin cansarse”, una frase que adora la superiora.
Ambas madres son menuditas y muy risueñas y aunque al principio se muestran un tanto desconfiadas con el desconocido visitante, en seguida rompen esa distancia para hablar del que un día fuera su confesor. En este punto, la madre Pilar conduce hasta la habitación por la que se accede a la considerada cuna de Isabel. Allí conservan un sillón del siglo XVI que, según la monja, fue el que utilizó o bien fray Luis o bien Santo Tomás de Villanueva en sus confesiones.
“Es una teoría mía”, dice con humildad, “pero uno de los dos tuvo que sentarse allí porque lo sacaron del confesionario y allí las monjas no tenían acceso”. También muestra orgullosa un artesonado de madera que cubre la escalera de acceso al piso superior y al que, asegura, ellas mismas le han aplicado el tratamiento contra la carcoma. La vida en clausura empieza a las 6.30 horas y medio día después, las madres vuelven a cerrar sus puertas a los extraños hasta el día siguiente.
Para abandonar Madrigal, el visitante puede elegir la puerta de Cantalapiedra, uno de los cuatro accesos de la antigua muralla por la que, según cuenta Carlos Martín, accedía fray Luis cuando venía de Salamanca, ya que el camino era más corto que por Peñaranda de Bracamonte. Al volver la vista atrás, se observan los restos de la vieja defensa del siglo XI, a los que se añadieron partes en siglos posteriores. Es la entrada a una villa por cuyas calles aún se respira el recogimiento heredado de fray Luis que persevera en las madres agustinas, pero también en los vecinos que lo siguen honrando cada año con un certamen literario que lleva su nombre.
Existe en Ávila un lugar llamado Moraña en el que los atardeceres se antojan infinitos y en el que desde el silencio que impera en muchos de sus espacios quizá se pueda escuchar a San Juan de la Cruz cantando maitines desde el cielo, a salvo del mundanal ruido.

Inmaculada Concepción procedente de la Universidad de Salamanca. (Foto: M. Martín)
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