EL RINCON DE MADRIGAL

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2 oct. 2012

Madrigal en "Isabel" de TVE


Hoy hable con uno de los responsables de la serie “Isabel” de TVE.


Madrigal, sale en el capitulo de la huida de Isabel de Ocaña, para casarse con Fernando.

Cumpliendo los acuerdos de Guisando, moraba Isabel en Ocaña, vigilada de cerca por el marqués de Villena. Fué por entonces cuando se intentó el segundo arreglo matrimonial con Alfonso V. Se opusieron la Princesa y los nobles, sus devotos, y quedó una vez más en agua de cerrajas, con gran disgusto de rey Enrique, que en vista de ello escribió al Padre Santo pidiéndole no confirmase el acuerdo de Guisando, autorizado por el Nuncio y jurado por el Rey, rodilla en tierra y la mano sobre los Evangelios; pero este Rey, y otros muchos, era como el escudero de Guadalajara, que de lo que prometía a la noche, no había nada a la mañana.

Entretanto, los partidarios de Fernando no dormían, y mosén Pierres de Peralta, emparentado con el arzobispo Carrillo, y sus gentes, iban y venían con secreteos y mensajes... (Por cierto que mosén Pierres estuvo en un tris de ahogarse por querer vadear a destiempo el Tajo, pues era hombre que no se paraba en barras y muy testarudo.)

Isabel, sin contar con nadie, mandó a su capellán Alonso de Coca a informarse de las condiciones físicas y morales de los dos pretendientes más viables: su primo Fernando y el duque de Berri, su matrimonio con el cual venía a proponer a don Enrique, en nombre de Luis de Francia, el cardenal de Arras con un vistoso cortejo. Le tropezó en Córdoba y al primer discurso le convenció y, por si era poco, hizo publicar guerras contra Inglaterra, que a la sazón sostenía con Francia la después llamada "Guerra de los Cien Años". Con ello se disiparon los proyectos de matrimonios británicos de Isabel.

Viendo ésta cuán en peligro estaba su libertad de casamiento, aconsejada por sus parciales, huyó de Ocaña a Madrigal, residencia de su madre.

El berrinchín del egregio hermanastro fué mayúsculo, tanto que mandó prenderla al arzobispo de Sevilla, Alonso Fonseca, que estaba en su castillo familiar de la villa de Coca. Acorriéronla Alonso Enriquez, nieto del Almirante Mayor de Castilla, y el arzobispo de Toledo, venidos a toda prisa con sus mesnadas. No llegó la sangre al río, a Dios gracias, y la Princesa quedó libre por entonces.

A visitarla fué a Madrigal el cardenal de Arras, pero antes que él llegó Alonso de Coca con los informes esperados: resultó de ellos que el duque de Berri era medio ciego y desgarbado; por contra, ya se ha hablado del buen ver de don Fernando. La Princesa oyó sin pestañear el discurso del prelado, pródigo en razones elocuentes y muy de corte, y respondió lo de siempre: que las leyes del reino le impedían aceptar matrimonio sin el beneplácito de los nobles. El Cardenal, tras aquella cortesía, vió una repulsa, y vió bien. Se enfadó. Se enfadó rey Enrique... pero la Princesa y los suyos, pensaron ya sin ningún linaje de dudas en el enlace aragonés.

Y como si mosén Pierres no se paraba en barras, Alonso Carrillo tampoco, ofrecieron por si y ante si, como dote a la novia -en nombre de Fernando- cuarenta mil florillé y un famoso collar de balajes -especie de rubíes -joya histórica de la Casa de Aragón. No estaba mal, salvo que no había collar ni florines. El uno paraba en Valencia como prenda de grandes sumas pedidas a préstamo por el rey don Juan para las atenciones de la guerra contra Francia, y en cuanto a la moneda, baste decir que para pagar las costas del cerco de Perpiñán, tuvo que vender su manto de armiños. Fracasó, pues, el primer intento; pero al segundo, la alhaja y los dineros vinieron a Castilla: ambos los había obtenido don Fernando en Valencia con derroche de buenas razones, ya que no tenia otra cosa.

SANTA MARINA, LUYS, Vida de Isabel la Católica,

I.G. SEIX Y BARRAL HNOS., "Vidas de Mujeres Ilustres" Barcelona, 1931





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